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Aunque entrenes todos los días, podrías estar programando tu enfermedad: el sedentarismo oculto y la gran paradoja metabólica del siglo XXI

Por Sergio Furlan
Profesor y Licenciado en Educación Física – Magíster en Actividad Física y Deporte – Magíster en Gestión de la Educación Superior – Decano de la Facultad de Educación (UMAZA) – Entrenador y Guía de Montaña.


Resumen

A lo largo de mi vida profesional he tenido el privilegio de recorrer prácticamente todas las etapas que puede atravesar un profesional de la actividad física. Primero fui estudiante, impulsado por la curiosidad de comprender cómo funciona el cuerpo humano y por qué el movimiento tiene un impacto tan profundo sobre nuestra salud. Luego llegó el campo de acción: más de treinta y cinco años entrenando personas, formando corredores, guiando deportistas de montaña y acompañando a miles de individuos con objetivos tan diversos como mejorar su rendimiento, recuperar su salud o simplemente volver a confiar en sus propias capacidades.

Con el tiempo comprendí que la experiencia práctica, por sí sola, nunca es suficiente. Continué estudiando, investigando y vinculando el entrenamiento con la fisiología, la educación, la psicología, la salud pública y la prevención de enfermedades. Esa búsqueda me llevó a la universidad, donde hoy tengo el enorme desafío y la responsabilidad de formar profesores, licenciados y entrenadores, convencido de que un verdadero profesional no solo prescribe ejercicios: interpreta evidencia científica, desarrolla pensamiento crítico y transforma conocimiento en decisiones que mejoran la vida de las personas.

Después de haber pasado por el aula, por la pista de atletismo, por la montaña, por los laboratorios donde se genera evidencia, por la gestión universitaria y por la investigación académica, siento que mi misión ha cambiado. Ya no consiste únicamente en entrenar atletas o formar entrenadores. También consiste en reflexionar sobre aquellos problemas silenciosos que comienzan a emerger gracias a la ciencia y que todavía permanecen invisibles para gran parte de la sociedad.

Vivimos una época extraordinaria y, al mismo tiempo, profundamente desafiante. Nunca fue tan fácil acceder a información sobre entrenamiento, nutrición y salud. Pero tampoco nunca fue tan fácil confundir opinión con evidencia, experiencia personal con conocimiento científico, o popularidad con autoridad profesional. En temas de salud, esa confusión puede traducirse en enfermedades evitables, años de discapacidad y miles de muertes que podrían prevenirse.

Por ello considero que el compromiso de quienes enseñamos, investigamos y trabajamos diariamente con personas no consiste en repetir tendencias o perseguir algoritmos de las redes sociales. Nuestra responsabilidad es interpretar críticamente la mejor evidencia científica disponible y traducirla en mensajes útiles, comprensibles y aplicables. Porque el conocimiento solo adquiere verdadero sentido cuando logra modificar conductas y prevenir enfermedades antes de que aparezcan.

El tema que desarrollaré en este artículo representa uno de esos cambios de paradigma. Durante décadas creímos que entrenar una hora por día era suficiente para proteger nuestra salud. Hoy sabemos que esa afirmación, aunque parcialmente correcta, está incompleta. La investigación científica de los últimos veinte años ha identificado un enemigo silencioso capaz de neutralizar buena parte de los beneficios del ejercicio físico: la conducta sedentaria prolongada, también conocida como sedentarismo oculto.

Comprender este fenómeno no solo cambia nuestra manera de entrenar; cambia nuestra manera de vivir. Y probablemente constituya una de las transformaciones conceptuales más importantes que ha experimentado la fisiología del ejercicio en el siglo XXI.


La gran paradoja de nuestra generación

Paradójicamente, nunca en la historia de la humanidad tantas personas realizaron ejercicio físico de manera sistemática.

Nunca existieron tantos gimnasios.

Nunca hubo tantos relojes inteligentes.

Nunca se organizaron tantas carreras de calle, maratones, pruebas de trail running o competencias de ciclismo.

Nunca fue tan sencillo acceder a planes de entrenamiento personalizados.

Y, sin embargo, tampoco nunca habíamos permanecido tantas horas inmóviles.

La revolución tecnológica modificó profundamente nuestra biología cotidiana.

Trabajamos sentados.

Nos trasladamos sentados.

Nos entretenemos sentados.

Estudiamos sentados.

Incluso descansamos sentados.

El resultado es una contradicción biológica sin precedentes: entrenamos una hora y permanecemos inmóviles durante las otras quince horas que estamos despiertos.

Desde una perspectiva evolutiva, nuestro organismo fue moldeado durante cientos de miles de años para caminar, trepar, transportar cargas, cambiar constantemente de postura y recorrer largas distancias buscando alimento. La estabilidad postural prolongada que caracteriza al ser humano moderno representa un fenómeno extremadamente reciente para el cual nuestra fisiología nunca fue diseñada.


El nacimiento de un nuevo concepto científico

Durante muchos años se utilizó el término “sedentarismo” para describir simplemente a las personas que no hacían ejercicio.

Hoy sabemos que esa definición resulta insuficiente.

Las investigaciones desarrolladas por Neville Owen, David Dunstan, Genevieve Healy, Ulf Ekelund, Marc Hamilton y numerosos grupos internacionales demostraron que actividad física y conducta sedentaria constituyen dos variables fisiológicas diferentes e independientes.

En otras palabras, una persona puede cumplir perfectamente con las recomendaciones internacionales de ejercicio —150 a 300 minutos semanales de actividad moderada o 75 a 150 minutos vigorosa— y, simultáneamente, permanecer entre ocho y doce horas sentada cada día.

Desde el punto de vista epidemiológico será una persona físicamente activa.

Desde el punto de vista fisiológico continuará sometida durante gran parte del día a las alteraciones propias del sedentarismo.

Este fenómeno comenzó a denominarse Active Couch Potato Phenomenon, es decir, “la paradoja del sedentario físicamente activo”.


Lo que sucede dentro del organismo cuando permanecemos sentados

Durante décadas se creyó que el principal problema del sedentarismo era gastar pocas calorías.

Hoy sabemos que el fenómeno es muchísimo más complejo.

Cuando permanecemos sentados durante períodos prolongados comienza una verdadera cascada de modificaciones fisiológicas.

La actividad eléctrica de los músculos antigravitatorios disminuye casi por completo.

Se reduce drásticamente la acción de la lipoproteína lipasa (LPL), enzima fundamental para metabolizar triglicéridos y mantener concentraciones saludables de colesterol HDL.

Disminuye la translocación de los transportadores GLUT-4, reduciendo la captación de glucosa por parte del músculo esquelético.

Aparece resistencia periférica a la insulina.

Disminuye el retorno venoso.

Se enlentece la circulación en miembros inferiores.

Aumenta la rigidez arterial.

Se deteriora la función endotelial.

Disminuye la liberación de óxido nítrico.

Se incrementa la producción de citocinas proinflamatorias como IL-6 y TNF-α.

Comienza un estado inflamatorio crónico de bajo grado que favorece aterosclerosis, diabetes tipo 2 y deterioro metabólico.

Todo ello ocurre aunque la persona haya entrenado intensamente por la mañana.


El músculo dejó de ser solamente un órgano locomotor

Uno de los mayores descubrimientos de la fisiología contemporánea consiste en reconocer al músculo esquelético como un verdadero órgano endocrino.

Cada contracción muscular libera decenas de proteínas bioactivas conocidas como mioquinas, entre ellas IL-6 de origen muscular, irisina, BDNF, mioestatinas y otras moléculas capaces de influir sobre el metabolismo, la inflamación, el sistema inmunológico e incluso la función cerebral.

Cuando el músculo permanece inactivo durante muchas horas, esa comunicación endocrina disminuye significativamente.

En consecuencia, el problema del sedentarismo ya no consiste solamente en permanecer sentado.

Consiste en dejar de estimular uno de los órganos endocrinos más grandes del organismo.


Los experimentos que cambiaron la fisiología del ejercicio

Gran parte de este conocimiento proviene de estudios experimentales cuidadosamente controlados.

Uno de los más influyentes fue desarrollado por David Dunstan y colaboradores.

En laboratorio, adultos permanecían sentados durante siete u ocho horas mientras los investigadores medían glucosa, insulina, presión arterial y función vascular.

Posteriormente repetían exactamente el mismo protocolo, pero introduciendo interrupciones de apenas dos o tres minutos de caminata suave cada veinte o treinta minutos.

El entrenamiento semanal era exactamente el mismo.

La única diferencia consistía en levantarse periódicamente.

Los resultados sorprendieron a toda la comunidad científica.

Las pausas activas redujeron significativamente la glucemia posprandial.

Disminuyeron los niveles de insulina.

Mejoraron la sensibilidad insulínica.

Favorecieron la función endotelial.

Disminuyeron marcadores inflamatorios.

Lo extraordinario fue comprobar que cambios tan pequeños producían respuestas fisiológicas tan importantes.


La evidencia poblacional: millones de personas observadas

Los mecanismos biológicos son importantes.

Pero aún más importante resulta saber si esos mecanismos modifican la vida real.

El metaanálisis publicado por Ulf Ekelund en The Lancet, que reunió información de más de un millón de adultos pertenecientes a dieciséis cohortes internacionales, confirmó que permanecer sentado durante períodos prolongados incrementa significativamente el riesgo de mortalidad por todas las causas.

Posteriormente, investigaciones utilizando acelerómetros —mucho más precisos que los cuestionarios tradicionales— demostraron que no solo importa cuánto tiempo permanecemos sentados, sino también cómo se distribuye ese tiempo.

Dos personas pueden permanecer ocho horas sedentarias.

Aquella que interrumpe frecuentemente esos períodos presenta mejores indicadores metabólicos que quien permanece inmóvil durante bloques continuos de varias horas.

Este descubrimiento modificó las recomendaciones internacionales.


El sedentarismo también afecta al cerebro

Las consecuencias no se limitan al aparato cardiovascular.

Diversos estudios de neuroimagen muestran asociaciones entre conducta sedentaria prolongada y reducción del volumen del hipocampo, disminución del flujo sanguíneo cerebral y mayor riesgo de deterioro cognitivo.

Investigaciones longitudinales también describen relaciones entre sedentarismo, síntomas depresivos, ansiedad y menor bienestar psicológico.

El movimiento no solo alimenta al músculo.

También alimenta al cerebro.

Cada contracción muscular genera señales bioquímicas capaces de estimular neuroplasticidad, angiogénesis y producción del factor neurotrófico derivado del cerebro (BDNF), considerado una de las moléculas más importantes para el aprendizaje y la memoria.


El nuevo paradigma: el movimiento distribuido

Durante décadas la pregunta fue:

¿Cuántas veces entrenás por semana?

La ciencia comienza a reemplazarla por otra mucho más profunda:

¿Cuántas horas permanecés inmóvil entre un entrenamiento y otro?

Hoy sabemos que entrenar continúa siendo imprescindible.

Pero ya no alcanza.

La salud depende del volumen de ejercicio, de la intensidad, del sueño, de la alimentación y también del patrón de movimiento distribuido durante toda la jornada.

No entrenamos solamente cuando corremos.

Entrenamos cuando caminamos.

Cuando usamos las escaleras.

Cuando permanecemos de pie.

Cuando movilizamos nuestras articulaciones.

Cuando evitamos que el organismo permanezca biológicamente “apagado”.


Los “Movement Snacks”: una revolución silenciosa

La literatura científica comenzó a utilizar el concepto de Movement Snacks, pequeñas dosis de movimiento distribuidas estratégicamente durante el día.

No requieren gimnasio.

No requieren equipamiento.

No requieren ropa deportiva.

Simplemente requieren interrumpir el sedentarismo.

Tres o cinco minutos caminando.

Diez sentadillas.

Elevaciones de talones.

Movilidad de hombros y columna.

Subir algunos pisos por escalera.

Caminar mientras hablamos por teléfono.

Lo importante no es el ejercicio en sí.

Lo importante es recordarle al organismo que continúa diseñado para moverse.


Una reflexión para entrenadores, profesionales y ciudadanos

Quizás este sea uno de los mayores desafíos que enfrentamos quienes trabajamos en ciencias del ejercicio.

Durante muchos años enseñamos a entrenar.

Ahora debemos enseñar también a vivir en movimiento.

Porque el gimnasio ya no representa el destino final.

Representa apenas un capítulo dentro de las dieciséis horas que pasamos despiertos.

La verdadera salud comienza cuando comprendemos que el entrenamiento no termina al abandonar la sala de musculación, la pista de atletismo o el sendero de montaña.

Continúa en cada decisión cotidiana.

En cada vez que elegimos levantarnos.

En cada pausa activa.

En cada escalera.

En cada caminata.

En cada minuto que devolvemos al cuerpo aquello para lo que fue diseñado durante millones de años: moverse.


Conclusión

La historia de la actividad física siempre estuvo marcada por grandes descubrimientos. Comprendimos el valor del entrenamiento aeróbico, luego el papel de la fuerza, más tarde la importancia del descanso y de la nutrición. Hoy asistimos a un nuevo cambio de paradigma: entender que el daño no proviene únicamente de hacer poco ejercicio, sino también de permanecer demasiado tiempo inmóviles.

La evidencia científica acumulada en las últimas dos décadas ya no deja lugar a dudas. El sedentarismo prolongado constituye un factor de riesgo independiente para múltiples enfermedades crónicas, aun en personas físicamente activas. Esto no significa que entrenar sea insuficiente o inútil; significa que debemos ampliar nuestra mirada. El entrenamiento sigue siendo una de las intervenciones más poderosas de la medicina preventiva, pero debe integrarse a un estilo de vida donde el movimiento esté presente durante toda la jornada.

Como educadores, entrenadores, investigadores y profesionales de la salud, tenemos la responsabilidad de transmitir este nuevo conocimiento con rigor científico y compromiso social. Cada persona que comprende la importancia de levantarse, caminar, cambiar de postura y romper los largos períodos de inactividad está dando un paso concreto hacia una vida más larga, más funcional y más saludable.

Porque, al final, la verdadera pregunta ya no es:

¿Entrenaste hoy?

La pregunta que realmente puede cambiar tu futuro es:

¿Cuántas horas permaneciste sentado después de entrenar?


Referencias (APA 7)

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